Ya llegué al ombligo de la luna. Tardé tres años en regresar más en serio al centro lunar y me he propuesto hacer algunas de las cosas que solía hacer cuando aún tenía una “vida habitual” por estos lares. Los lares me suenan y huelen tanto conocidos como enigmáticos; camino por la calle, veo a la gente, huelo diferentes aromas y como que apenas hoy, al día 12 del viaje al astro nocturno, comienzo a sentirme relativemente más familiarizada.
Me gustaría poder tener una vida habitual aún; pero tres años no pasan en vano. Aunque aún conozco gente y me siento “local”, me sé extranjera, me se temporal, impermanente, viajera, chicanita en el Aztlán.
De chicana en las tierras acuáticas siempre extraño “mi vida” por acá; pero acá me da melancolía ver que por más que extrañe, no tengo una vida diaria normal a la que pueda regresar y retomar como si el tiempo no hubiera pasado.
Me di cuenta cuando anduve buscando fiesta de viernes; pero no salió nada… pues los y las amigas tienen lo suyo, sus rutinas y como que se han acostumbrado a que los vea por un par de horas para una conversación de café. No soy ya parte de su cotidianidad, sí, tal vez de su de vez en vez, a su fuera de rutina, a su ocasionalidad, a su cada año.