Me he descubierto misógina muy a mis pesares. Una misoginia agazapada, encrustada en mis entrañas salió a flote -o ha tratado de hacerlo- durante los últimos días.

Me pesa aceptarlo, pero he de aceptarlo si, siguiendo las enseñanzas y premisas de la terapia psicológica, cualquier calaña de la que ésta sea, quiero superarlo. Recientemente leí un artículo sobre la falsedad en esta creencia primordial de la ciencia psicológica: las personas que no hablan de sus problemas los superan más fácilmente que las que lo hacen, contraviniendo cualquier clase de sensatez que las terapias me habían hecho creer hasta ahora.

Misoginia. Dícese del odio o incomodidad que se siento hacia algunas de las mujeres que me rodean, sentimiento encrustado en las entrañas, o más precisamente, agazapado detrás del corazón aguardando con sigilo la primara oportunidad de escapatoria.

Como la novedad terapéutica consiste en no ventilar los problemas para en el hablar encontrarles arreglo, me he decido a no ventilarlos por la boca… pero sí por medio de las letras en este blogsito entrañable.

Así que mis deliberaciones de ahora y hasta nuevo aviso se centrarán alrededor del tema de la misoginia, sus avatares, su diagnósis y nicho de crecimiento y, con suerte, su tratamiento (a.k.a. sororidad in motion, in practice). Más que tratamiento espero espurgación, pero quizás la misoginia comparte características esenciales con el cáncer o algunas de esas enfermedades infeccionas como el vih en el que sólo se pueden tratar los síntomas, radiar las células ”malignas” y atacar con fiera dedicación los motivos que generan que esta enfermedad se sienta a sus plenas anchas y se desencadene como si nada, tranquila y bella la muy condenada.

Misoginia: Incomodidad, rivalidad, apatía, competencia, extrañeza, celo que siento hacia algunas de las mujeres hacia las que no debería sentir incomidad, rivalidad, apatía, competencia, extrañeza. Misoginia agazapada por que me descubro con mayor frecuencia de la que yo quisiera sintiendo esta incomodidad con mujeres y, no con mucha sorpresa ¡para qué decirlo!, no por los hombres que me rodean.